Cuando hablas de liderazgo desde la experiencia, es fácil contar solo los aciertos. Los proyectos que salieron bien, los equipos que crecieron, las empresas que volvieron a ponerse en marcha. Pero yo he aprendido más de mis errores que de mis aciertos. Y creo que contarlos genera más confianza que cualquier logro.
Así que aquí van. Sin adornos.
Error 1: delegar con prisa
En mis inicios, delegué demasiado rápido. Tenía claro que un buen líder no lo hace todo él, y quise aplicarlo desde el primer día. Entregué tareas importantes a personas que no estaban preparadas técnicamente, o que no lo estaban para la intensidad, la implicación o la constancia que esas tareas exigían.
Los resultados fueron claramente negativos. Y la culpa no fue de esas personas. Fue mía, por no haber mirado antes si tenían lo que hacía falta.
Lo que cambié: ahora, antes de delegar, compruebo dos cosas: que la persona sabe hacerlo y que tiene la energía para sostenerlo. Y le doy todo el conocimiento que tengo, sin guardarme nada.
Error 2: decidir tan rápido que nadie más decidía
Siempre he tenido mucho impulso. Decido rápido y me gusta que las cosas pasen. Durante un tiempo pensé que eso era solo una virtud.
Hasta que me di cuenta de que mi velocidad tenía un efecto secundario: el equipo esperaba a que yo decidiera. Las personas, muchas veces, tienen miedo de decidir. Y si a su lado tienen a alguien que lo hace sin dudar, es muy cómodo esperar.
Lo que cambié: aprendí a frenar un segundo antes de responder y a preguntar primero: «¿Tú qué harías?». Y a dejar claro que el error se tolera. Si no, nadie se arriesga.
Error 3: aplicar el mismo estilo a todos los equipos
Mi estilo natural es colaborativo. Me gusta que la gente participe, proponga y crezca. Y lo apliqué también con un equipo de producción. El resultado fue que se perdió el foco en el trabajo diario que había que sacar adelante.
Lo que cambié: entendí que el estilo se elige por el equipo y por el momento, no por gusto. En producción, el qué de cada día tiene que estar claro y sin debate; la participación tiene su espacio, pero en su momento.
Error 4: creer que hacerlo yo era más rápido
Es el error más común de cualquier jefe nuevo, y yo no fui una excepción. «Lo hago yo y acabo antes.» Es verdad, la primera vez. La décima, ya no. Cada tarea que no enseñas la vas a seguir haciendo tú durante años.
La prueba de que estaba equivocado llegó mucho más tarde, cuando por fin delegué lo que más me costaba soltar: el plan estratégico y el presupuesto anual. Lo hicieron tres personas de mi equipo directivo. Y lo hicieron mejor que yo.
Lo que cambié: hoy pienso que el trabajo de un líder no es hacer. Es formar a otros líderes.
Lo que me ayudó a cambiar
No hubo una revelación. Hubo tres cosas:
- Los resultados. Cuando algo sale mal, los números no tienen ego. Te obligan a mirar qué hiciste tú.
- Trabajar en culturas distintas. Dirigir en once países te quita rápido la idea de que hay una sola forma correcta de hacer las cosas.
- Escuchar a mi equipo. Las mejores lecciones me las dieron personas que se atrevieron a decirme lo que no funcionaba.
Mi consejo para quien asciende mañana
Si mañana te nombran jefe por primera vez, te diría esto:
- Tu trabajo ha cambiado. Ya no te pagan por hacer, sino por conseguir que otros hagan. Cuanto antes lo aceptes, mejor.
- Pregunta más de lo que respondes. Sobre todo los primeros meses.
- No delegues con prisa ni controles con miedo. Mira a cada persona y a cada tarea.
- Pide la verdad y agradécela. También cuando duele.
- Equivócate, pero no te escondas. Tu equipo te perdonará un error. No te perdonará que culpes a otros.
Y una última cosa: aparca el ego. El éxito de tu equipo es tu éxito. Al revés no funciona.
Tus acciones para esta semana
- Escribe tus tres errores más repetidos como jefe. Compártelos con alguien de confianza.
- Elige una tarea que haces tú «porque es más rápido» y enséñala a otra persona.
- Pregunta a tu equipo qué deberías dejar de hacer. Y no te defiendas: solo toma nota.
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